Libro: El camino de la Felicidad, Jorge Bucay

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Más que un resumen, he hecho una recolección de fragmentos y pequeñas frases que me hicieron pensar. Puedes comprar el libro aquí.

El factor F:

Ser o no ser felices parece depender mucho más de nosotros mismos que de los hechos externos. Cada uno es portador del principal determinante de su nivel de felicidad, el Factor F.

Lo defino como la suma de tres elementos principales:

I. Cierto grado de control y conciencia del intercambio entre nosotros y el entorno. No puedo ser feliz si no me doy por enterado de mi activa participación en todo lo que me pasa.

II. Actitud mental: no puedo ser feliz si siempre renuncio al camino ante la primera dificultad.

III. El trabajo para alcanzar la sabiduría.

Los tres caminos previos: autodependencia, amor y duelo.

El odio puede ser el mayor obstáculo para el desarrollo de la felicidad.

Para alcanzar una práctica cabal de amor y aceptación es indispensable el desarrollo de la paciencia y la tolerancia.

Si fuéramos capaces de aprender a ser pacientes y tolerantes con nuestros enemigos, el resto de las cosas resultaría mucho más fácil y la compasión y el amor fluirían a partir de allí con toda naturalidad.

No hay fortaleza mayor que la paciencia.

No hay peor aflicción que el odio.

La capacidad de cambiar la perspectiva es una de las herramientas más efectivas.

Dependemos en exclusividad de nosotros mismos.

Necesitamos de los demás pero de ningún otro específico para seguir el camino.

Podemos soportar y superar el dolor de la pérdida y el abandono.

Trabajo como terapeuta y docente defendiendo el valor del encuentro, del compromiso y del desapego, considerándolos tres pilares de nuestra salud mental.

Al experimentar una pérdida nuestra vida se potencia, se vuelve más intensa.

Las pérdidas y el amor, marcan profundamente nuestra vida y nos sitúan frente al otro.

Es necesaria la libertad de la autodependencia para experimentar el amor.

Es necesario el amor para experimentar el duelo de una pérdida.

Es necesario el dolor de la muerte para superarlo.

Si quieres que tus sueños se vuelvan realidad es necesario despertar.

Miramos hacia atrás y nos damos cuenta de que los momentos que hubiésemos deseado que nunca sucedieran nos han hecho llegar hasta la satisfacción absoluta en que nos encontramos.

Las dificultades se nos revelan, pues, como etapas positivas de la vida, ya que son ellas las que nos permiten llegar a la felicidad.

Creemos que el conflicto y la frustración significan la pérdida de la felicidad. Esto sólo es cierto si se identifica la felicidad con la postura infantil de la vida manejada por el deseo de satisfacción infinita.

Avanzar es siempre dejar atrás lo que ya no es y enfrentarse con otra cosa.

El único temor que me gustaría que sintieras frente a un cambio es el de ser incapaz de cambiar con él; creerte atado a lo muerto, seguir con lo anterior, permanecer igual.

Lo único que de verdad tienes es aquello que no podrías perder en un naufragio.

Si el amor nos ayuda a discriminar el odio, la muerte nos muestra el valor de la vida.

Sin conciencia de nuestra finitud, postergaríamos todo para otro momento.

Estamos hechos para buscar la felicidad:

La ira, la agresividad y la violencia pueden surgir, pero se producen cuando no soportamos ser frustrados en nuestro intento de conseguir ser amados, apreciados, reconocidos y valorados.

La humanidad comprenderá que así como el hombre aprende a renunciar a ciertos alimentos que le dañan, debe también aprender a renunciar a ciertas emociones que lo perjudican.

Ver a los demás con ternura nos permite relajarnos, confiar, sentirnos a gusto y ser más felices.

¿Soy feliz haciendo esto que hago?

¿Qué significa para mí la felicidad?

No hay ninguna felicidad que se pueda obtener del escapar, y mucho menos de huir hacia el pasado.

El primer paso del desarrollo de nuestro Factor F es la necesidad de definir nuestra posición acerca del significado de la felicidad, relacionándonos agresivamente con nuestras dudas, con nuestros condicionamientos y con nuestras contradicciones; comprometiéndonos en esta búsqueda hasta el final.

CAPÍTULO 1: ¿Qué es la felicidad?

“Uno busca lleno de esperanzas el camino que los sueños prometieron a sus ansias”

El deseo me sirve únicamente en la medida en que se encamine hacia la acción que lo satisfaga.

Nuestra mente trabaja en forma constante para transformar cada deseo en alguna acción.

Cada cosa que yo hago y cada cosa que decido dejar de hacer está motivada por un deseo, pueda yo identificarlo o no.

Ser más conscientes de este proceso es uno de los objetivos de toda psicoterapia.

Construir acciones coherentes con estos sueños convertidos en deseos es la otra.

Elegir entre dos acciones posibles, producto de dos deseos contradictorios, es la última y muchas veces la más difícil.

Ser un superhéroe es NO avergonzarnos nunca de no saber, de no poder o de no querer.

El desafío no es ser otro. El desafío es ser uno mismo.

¿Es esto que hago lo que quiero hacer o estoy tratando de complacer a alguien?

En algún lugar está (ella o él) alguien a quien le encanta que yo sea como soy.

Sabiendo que hay alguien en el mundo a quien le encanto así, por qué voy a conformarme con otro (otra) que me dice en qué tengo que cambiar.

Pensar que el otro va a cambiar para mejor, en verdad, no funciona.

Entonces sería más inteligente y efectivo que, desde el principio, decida estar al lado de otro que me gusta tal como es.

No nos enamoremos del potencial del otro, sino de lo que el otro verdaderamente es. Y mientras estemos juntos, alentémonos para que lo deje salir cada vez más.

¿Cómo alcanzar la satisfacción interior?

Un método, el más difundido, consiste en tratar de obtener todo aquello que deseamos y queremos.

La desventaja evidente del enfoque es que tarde o temprano nos encontramos con algo deseado pero que no podemos obtener y el bienestar desaparece.

El método que el Dalai recomienda es mucho más fiable. Consiste en aprender a querer y apreciar lo que ya tenemos.

El verdadero antídoto del anhelo es la aceptación y no la posesión.

La competencia, el odio, los celos, son estados destructivos de nuestro bienestar, y cuando aparecen todo termina pareciéndonos sospechoso o amenazante. La consecuencia natural es más inseguridad, mayor desconfianza, una tendencia a aislarnos en la soledad y el resentimiento para defendernos de un mundo que consideramos hostil.

El Dalai Lama no clasifica estados mentales, emociones o deseos con arreglo a juicios Morales externos, como pecado o malignidad, sino simplemente sobre la base de si conducen o no a la felicidad personal última. Los considera útiles o inútiles para el desarrollo de lo mejor de las personas y para el descubrimiento de sus potencialidades.

Los vínculos sanos establecidos entre personas sanas indefectiblemente ayudan a recorrer el camino de la felicidad.

No necesitamos forzosamente acumular más dinero, más éxito ni más fama para ser felices; podemos serlo sin tener un cuerpo perfecto, sin el mejor tapado de piel, sin el alimento más exquisito y aun aceptando que no tenemos una pareja perfecta.

CAPÍTULO 2: ALGUNOS DESVÍOS

Nuestros más profundos y auténticos deseos son: primero amor, después seguridad, y luego más de todo lo anterior. Estas son nuestras necesidades más primitivas.

La cantidad de desdicha es igual a las expectativas menos la realidad.

La única manera de resolver esa desdicha es trabajar también sobre la expectativa y no sólo sobre la realidad.

El dolor o la tristeza, la frustración o la postergación de lo deseado dejan de verse como naturales y humanos, se los considera una anomalía, una señal de que algo ha sido mal hecho.

Si pensamos que la frustración es algo antinatural, algo que no debiéramos experimentar, muy pronto buscaremos un culpable.

El riesgo de asignar culpas y mantener una postura de víctima es, eternizar nuestro sufrimiento, latiendo en el odio; perpetuar el dolor potenciado por nuestro más oscuro aspecto; el resentimiento.

Los problemas son parte de nuestra vida.

Los problemas, por sí solos, no provocan automáticamente el sufrimiento.

Si logramos abordarlos con decisión y compromiso, si logramos centrar nuestras energías en encontrar una solución, el problema puede transformarse en un desafío.

Primera gran confusión: Identificar felicidad con éxito

Los hombres, en particular, tienden a equiparar la felicidad con el éxito profesional y material porque creen que éste atrae a las mujeres.

Por igual razón, muchas mujeres condicionan su felicidad a sentirse bellas y deseadas.

La salida de la confusión deviene de encontrar otra fuente de valor y dignidad no ligada al éxito, ni al aplauso. Se trata del vínculo que se establece simplemente por saberse perteneciente a la comunidad humana.

Ese vínculo es suficiente para crear una conciencia de valoración y respeto que debe permanecer intacta, aun en el caso de aquellos que han perdido todo lo demás. Una red de contención y una fuente de serenidad que se fortifique en los momentos difíciles.

Nos resultará más fácil no desesperarnos cuando algo no sale, porque sabremos que merecemos el reconocimiento, el respeto y la consideración de los demás por el simple hecho de ser uno entre todos.

Segunda gran confusión: Equiparar la felicidad con el placer

La gente suele identificar ser feliz con estar disfrutando de lo que sucede.

Al pedirle, por ejemplo, que imagine una escena con gente feliz, la mayoría evoca de inmediato la imagen de personas riendo, jugando o bebiendo en una fiesta. Pocos imaginan a una pareja criando a un hijo, a un matrimonio que cumple 50 años de casados, a alguien que lee un libro o a personas haciendo cosas trascendentes.

Tercera gran confusión: Creer que con el amor alcanza

El amor que sentimos por nuestra mascota es absolutamente compensado con un igualmente incondicional amor de su parte. Y este amor mutuo es de la mejor calidad…

Evidentemente, la idea de sostener tamaña incondicionalidad se acaba con nuestros padres.

No podemos seguir reclamando como bebés ese amor incondicional infantil e inexistente. Yo lo sé, vos lo sabés, todos los sabemos…

Y de todas maneras, de vez en cuando nos desesperamos porque no lo conseguimos y seguimos soñando con encontrarlo.

El amor adulto nunca es incondicional. Depende de lo que doy y lo que recibo.

Y hay que nutrirlo y alimentarlo. No importa cuánto yo haya llegado a amar a mi pareja; este amor depende de cómo se conduzca el otro, de lo que sienta por mí, de su manera de actuar.

Cuarta gran confusión: Escapar del dolor

Como resultado de la suma de estas tres confusiones, se produzca esta identificación hedonista: Èxito + placer + amor= Felicidad

Aterrizamos en una de las creencias, la idea de que debemos evitar el dolor.

Si lo gozoso y disfruta le nos lleva a la felicidad, el dolor nos conduce a la desdicha. No es así.

Muchos deberíamos tener la madurez de enseñar y el coraje de aprender que parte del camino que lleva a la felicidad implica necesariamente algún dolor.

Es importante aprender a no intentar escapar de la pena. El dolor es una manera de enseñarte dónde está el amor.

Si en un momento te toca sufrir, no te asustes, no te escapes, no te rindas. Lo importante es estar en camino, no llegar a algún lugar.

Quinta gran confusión: Sobrevalorar lo que falta

El ser humano tiene la tendencia a sabotear su propia felicidad, y una de las maneras más comunes y efectivas es la de buscar la más mínima imperfección hasta en los escenarios más hermosos.

No te compares: así evitarás que tu felicidad dependa de otros.

La maldad es el resultado de la ignorancia.

Y la ignorancia, de la falta de educación.

La maldad se combate con más y más educación.

Nuestros países no resolverán la criminalidad, la violencia y los desmanes sociales sólo con leyes más duras, construyendo cárceles o aumentando el cuerpo policial, con el tiempo la solución definitiva sólo puede pasar por un lugar: más escuelas, más maestros, más presupuesto educativo, más becas, más educación.

Podemos determinar cómo reaccionaremos ante cada acontecimiento. Nuestra posibilidad de ser felices está mucho más relacionada con nuestra filosofía de vida.

El camino marca una dirección.

Y una dirección es mucho más que un resultado.

El sentido y el propósito son esenciales: la felicidad puede alcanzarse prácticamente bajo cualquier circunstancia, siempre y cuando creamos que nuestra vida tiene sentido y propósito.

“Aquellos que no aprenden nada de los hechos desgraciados de sus vidas, fuerzan a la conciencia cósmica a que los reproduzca tantas veces como sea necesario para aprender lo que enseña el drama de lo sucedido” JUNG

CAPÍTULO 3: RETOMANDO EL CAMINO

Las personas que se declaran felices, en cambio, son habitualmente más sociables, más creativas y permisivas. Toleran mejor las frustraciones cotidianas y, como norma, son más efectivas, demostrativas y compasivas.

Lo que importa es comprometerse. Porque ser feliz es el mayor de los compromisos que un hombre puede sentir, consigo y con su entorno.

El rumbo es una cosa y la meta es otra.

La meta es el punto de llegada; el camino es cómo llegar; el rumbo es la dirección, el sentido.

La felicidad es, para mi, la satisfacción de saberse en el camino correcto.

La felicidad es la tranquilidad interna de quien sabe hacia dónde dirige su vida.

La felicidad es la certeza de no estar perdido.

En la vida cotidiana, las metas son como puertos adonde llegar, el camino serán los recursos que tendremos para hacerlo y el mapa lo aportará la experiencia. Sin embargo, sin dirección no hay camino.

La estrategia de estar renovando permanentemente mis metas para sentirme feliz, obligado a descartar lo próximo porque siempre tengo que querer algo más para poder seguir mi camino, sumada a la limitación de encontrar objetivos de corto alcance para no perder el rumbo, me parece demasiada carga para mí.

¿Cómo voy a crecer si vivo limitado por lo conocido por miedo a perderme? Cada quien puede elegir esta postura, pero no la admito para mí.

El tema está en saber el rumbo. Cuando conozco el rumbo ya no necesito evaluar si voy a llegar o no.

Si la felicidad dependiera de las metas, dependería del momento de la llegada.

En cambio, si depende de encontrar el rumbo, lo único que importa es estar en camino y que ese camino sea el correcto.

¿Cuál es el camino correcto?

Cuando mi camino está orientado en coincidencia con el sentido que le doy a mi vida, estoy en el camino correcto.

En la vida, el rumbo lo marca el sentido que cada uno decida darle a su existencia.

Y la brújula se consigue contestándose a una simple pregunta: ¿Para qué vivo?

¿qué sentido tiene tu vida?

Encontrar el sentido de tu vida es descubrir la llave de la felicidad.

Cada uno construye su vida eligiendo su camino.

No puedo construir un camino donde quede garantizado que yo consiga todas las metas que me proponga, pero sí puedo elegir el que vaya en la misma dirección que el propósito que decidí para mi vida. Eso es estar en el camino correcto.

El hombre está dispuesto y preparado para soportar cualquier sufrimiento siempre y cuando pueda encontrarme un significado.

La habilidad para sobrevivir a las atrocidades de nuestro mundo se apoya en la fortaleza derivada de hallar un significado a cada experiencia. Fortaleza que se expresa en la paciencia y en la aceptación.

La filosofía zen enseña este indispensable cultivo de la paciencia, la aceptación y la tolerancia si se pretende que el odio y la competitividad no nos aparten del camino.

Las riquezas no pueden protegernos

La educación por sí sola tampoco garantiza protección absoluta.

La tolerancia es una señal de fortaleza que procede de una profunda capacidad para mantenernos firmes. Responder a una situación difícil con mesura, en lugar de odio, supone una mente fuerte y disciplinada.

Los 4 prototipos cardinales:

1. en búsqueda del placer:

Lo que da sentido a mi vida es el goce de vivirla, son aquellas cosas que me dan placer, cosas que encuentro, cosas que produzco. Y cada vez que estoy haciendo algo que conduce hacia situaciones que disfruto o disfrutaré, me siento feliz, aunque no esté disfrutando en ese momento, porque me basta con saber que estoy en camino.

“Ser feliz no quiere decir necesariamente estar disfrutando, sino vivir la serenidad que me da saber que estoy en el camino correcto hacia algo placentero, disfruta le, hacia algo que tiene sentido para mí”

Éste es el tipo de placer que podría darle sentido a mi vida. Donde el disfrutar es un rumbo y no una meta.

2. Persiguiendo el poder:

Cuando no se es feliz si no está haciendo algo que aumente su cuota de poder cotidiano.

3. Hacia la trascendencia:

Aquello que hago para que personas que hoy ni conozco, dentro de cien años se sirvan de lo que hice.

4. Cumplir con la misión:

Para que una misión sea un sentido de vida tiene que tener ciertas características. Tiene que no poder cumplirse, porque si puede cumplirse es una meta, no un sentido.

Una vez que decida cuál es ese propósito, sea capaz de dar su vida por él.

Sean fieles a ustedes, no sólo porque eso es parte del camino hacia la felicidad, sino porque es la única manera de vivir una vida que valga la pena.

Lo importante es que te comprometas con aquello que hoy decidas que es tu camino, con aquello que hoy decidas que le da sentido a tu vida, aunque te equivoques.

CAPÍTULO 4: BIENESTAR, PSICOLOGÍA Y FELICIDAD

En el camino que transitamos hacia una vida auténtica, habrá momentos penosos y encontraremos miles de obstáculos. Pero si no me animo a sobrellevar esas penas y a superar estos obstáculos, quizá me quede a mitad de camino.

La vida de un neurótico consiste en quedarnos anclados en el lamento y la queja declamando que algo debería haber sucedido de manera diferente.

Si vivís pensando cómo deberían estar siendo las cosas para poder disfrutarlas, entonces no hay conexión con lo real y sin ello no hay una verdadera vida.

Sólo puedo disfrutar de aquello que puedo aceptar tal como es.

Aceptar significa darme cuenta de que algo es como es; dejar de pelearme con eso porque es así y, a partir de dejar de pelear, decidir si quiero o no hacer cosas para que cambie.

Si yo no puedo aceptarte tal como sos, no puedo disfrutar de tu compañía.

Si yo quiero que seas diferente, entonces no voy a poder disfrutar de estar con vos, ni ahora ni nunca.

La otra condición de una vida verdadera es el compromiso.

Es determinante para cualquier relación trascendente que el otro sea capaz de acompañarme, también y sobre todo, en los momentos más alegres, solamente así podrá estar en los instantes cruciales.

No nos hemos encontrado para sufrir juntos sino para caminar juntos.

La libertad del hombre es la libertad para tomar posición ante todos los condicionamientos y elegir el propio camino.

Carta a Claudia:

Antes de morir, hija mía quisiera estar seguro de haberte enseñado

a disfrutar del amor

a enfrentar tus miedos y a confiar en tu fuerza

a entusiasmarte con la vida

a pedir ayuda cuando la necesites

a decir o a callar según tu conveniencia

a ser amiga de ti misma

a no tenerle miedo al ridículo

a darte cuenta de lo mucho que mereces ser querida

a tomar tus propias decisiones

a quedarte con el crédito por tus logros

a superar la adicción a la aprobación de los demás

a no hacerte cargo de las responsabilidades de todos

a ser consciente de tus sentimientos y a actuar en consecuencia

a dar porque quieres y nunca porque estás obligada a hacerlo

Antes de morir, hija mía

quisiera estar seguro de haberte enseñado a exigir que se te pague adecuadamente por tu trabajo

a aceptar tus limitaciones y vulnerabilidades sin enojo

a no imponer tu criterio ni permitir que te impongan el de otros

a decir que sí sólo cuando quieras y a decir que no sin culpas

a tomar más riesgos

a aceptar el cambio y revisar tus creencias

a tratar y exigir ser tratada con respecto

a llenar primero tu copa y recién después la de los demás

a premiar el futuro sin intentar vivir en función de él

Quisiera, Claudia, hija mía

estar seguro de que has aprendido a valorar tu intuición

que celebras la diferencia entre los sexos

que haces de la comprensión el perdón tus prioridades

que te aceptas así, tal como eres

que creces aprendiendo de los encuentros y de los fracasos

que te permitas reír a carcajadas por la calle sin ninguna razón

Pero sobre todo, hija

porque te amo más que a nadie en el mundo

quisiera estar seguro de haberte enseñado

a no idolatrar a nadie

y a mí, menos que a nadie.

CAPÍTULO 5: ¿Y DESPUÉS QUÉ?

El camino del crecimiento es infinito y ese crecimiento vale la pena, pena que es inevitable.

Crecer es un beneficio pero implica una pérdida.

Cada cambio de plano implica un duelo pero también, como hemos visto, cada duelo importante de nuestra vida conlleva un cambio de plano.

Debo apostar por mí si pretendo vivir una vida desapegada.

Tengo que confiar en que la pérdida que me toca vivir es, en realidad, una puerta y la apertura de un crecimiento mayor.

Tengo que confiar en que hay algo mejor después de esto.

Tengo que confiar en que el plano que sigue me enseñará lo que necesito saber.

La Madre Teresa de Calcuta escribió:

La vida es una oportunidad, aprovéchala.

La vida es belleza, admírala.

La vida es dulzura, saboréala.

La vida es un sueño, hazlo realidad.

La vida es un reto, afróntalo.

La vida es compromiso, cúmplelo.

La vida es un juego, disfrútalo.

La vida es costosa, cuídala.

La vida es riqueza, consérvala.

La vida es un misterio, desvélalo.

La vida es una promesa, lógrala.

La vida es tristeza, sopórtala.

La vida es un himno, cántalo.

La vida es un combate, acéptalo.

La vida es una tragedia, enfréntala.

La vida es preciosa, jamás la destruyas.

Por que la vida es la vida, vívela.

Vos elegís hacia dónde y vos decidís hasta cuándo, porque tu camino es un asunto exclusivamente tuyo.

El camino que se elige es siempre el correcto, lo correcto está en la elección, no en el acierto.